PROGRAMA DE LABORATORIOS CIUDADANOS PARA EXPERIMENTAR,
EXPLORAR Y CREAR COMUNIDAD EN EL SALVADOR

#EXPERIMENTACIUDAD

Gran estreno de «A los ojos de Santa Lucía»

El pasado 14 de agosto de 2021 pusimos la alfombra roja en el Parque Cuscatlán para el gran estreno mundial del corto documental «A los ojos de Santa Lucía», dirigido y producido por Ares Vásquez.

Durante más de dos meses los integrantes del laboratorio ciudadano Barrios Vivos trabajó junto a la comunidad Santa Lucía para escuchar cuáles eran sus necesidades y preocupaciones. Lo que les dijeron fue «Querernos que nuestra comunidad se vea reflejada de manera positiva». Así es que, después de varias visitas, encuentros y reuniones con la comunidad se pusieron manos a la obra junto a los y las vecinos trabajar en un mural que diese la bienvenida a todos los visitantes. El corto documental «A los ojos de Santa Lucía» recopila todo este proceso y a la vez de voz a los miembros de la comunidad Santa Lucía quienes le cuentan al mundo sus deseos y preocupaciones.

Al estreno asistieron personas de la comunidad así como voluntarios que han trabajado en este proyecto.

El documental puede verse en línea en el canal de Vimeo del Centro Cultural de España en El Salvador.

Al final todos somos uno

Foto de Ricardo Flores - EDH

La interseccionalidad es esencialmente una praxis. No es una enunciación teórica.

Leila Benhadjoudja

Ciudad colonizada y colonizadora

Reconozco que los arquitectos e ingenieros por lo general creemos que somos los únicos quienes construimos y hacemos la ciudad. Solemos pensar que la ciudad solo es el espacio construido, lo físico, lo tangible, los edificios, las calles. Nos cuesta ver que la ciudad es un ecosistema, un organismo vivo, es nuestro hábitat, constituido por la infraestructura sí, pero también por las personas que la habitamos, nuestra historia, la manera de relacionarnos y organizarnos, nuestra forma de pensar, nuestra cultura; y también por la naturaleza que nos rodea, las condiciones geográficas y climáticas.

Aunque El Salvador oficialmente, dejó de ser colonia hace casi 200 años, la colonia persiste en nuestras mentes y en nuestra cultura. A pesar de que oficialmente, somos un país independiente, seguimos viendo hacia el norte con admiración, anhelar más lo norteamericano y lo europeo que lo propio, lo nuestro.

Creemos por ejemplo que existe un solo desarrollo que es lineal, que es modernidad, progreso, hacia adelante, frente al subdesarrollo (económico) que caracteriza las sociedades del sur global y del que hay que salir. Para lograr esto nos enfocamos en el crecimiento económico, en la mayor libertad y autonomía del individuo, la dominación de la naturaleza. Progreso, esto es carreteras de cuatro carriles, pasos a desnivel, edificios de vidrio, residenciales de lujo. Cada propuesta alternativa rápidamente es desechada como un retroceso, un paso para atrás.

Esta, en realidad, es una mentalidad bastante occidental y neocolonial. Al ser, nuestra ciudad, solo pensada desde y para algunos pocos, esta ciudad colonizada, a la vez, se vuelve colonizadora, porque marginaliza, discrimina y excluye a la gran mayoría de sus habitantes.

¿Por qué la mayoría no nos preguntamos qué ciudad nos conviene a todos? ¿Qué ciudad corresponde a nuestras necesidades y aspiraciones, a nuestra forma de vivir, a nuestra historia y cultura? ¿Qué ciudad realmente queremos para nosotros, para nuestros seres queridos?

La buena noticia es que ya hay grupos y corrientes de pensamiento que se están haciendo estas preguntas. Desde el feminismo, por ejemplo, el Colectivo Miradas Críticas del Territorio habla de la importancia de las plurivisiones del mundo y su vida. El reto de coexistencia es grande y hay que dar respuestas a esto desde la diversidad.  Cuestionando la famosa metáfora del pastel que como sociedad nos toca repartir entre todos, la antropóloga argentina Rita Segato argumenta que, quizás, no todos quieren comer de ese mismo pastel de los recursos para su desarrollo. Más que dividir ese pastel en partes iguales, deberíamos tratar de entender que otros no ven de la misma manera ese pastel, reconocer que existen otros que buscan otra forma de vida o, incluso, tengan objetivos que poco o nada tengan que ver con el usufructo de los recursos de su medio.

Quiero compartir aquí algunos pensamientos y experiencias propias sobre esas intersecciones que existen, pero a veces nos parecen ocultas, entre el hábitat, la ciudad construida, el medio ambiente y la cultura y preguntar cómo sería una ciudad inclusiva y sostenible.

Espacio público y espacio privado en disputa

En El Salvador estamos acostumbrados a subordinarnos al carro, a tolerar el tráfico vehicular aplastante, el aire negro y contaminado, la ciudad manejada, colonizada y violentada por ese vehículo automotor. Pensemos en quién posee realmente la mayor área en estos espacios públicos. Al parecer el espacio público urbano: las calles, las aceras y hasta las pequeñas áreas verdes que quedan, está usurpado, en gran medida, por lo privado, por esas cápsulas cerradas sobre cuatro ruedas que representan un espacio privado, y mientras más lujoso, más imponente, entre más grande y matón, parece que tiene más derecho sobre el otro.

Pienso en experiencias con familiares cercanos, vecinos y amigos colocando macetas y barriles en el espacio público frente a su casa, reservando un pedazo de acera, arriate o calle para colocar su auto privado. Y luego están a quienes les interesa privatizar un espacio público para su propio lucro, empezando por poner un negocio, ya sea formal o informal, en una acera, hasta llegar a los grandes empresarios que ubican sus plantas de producción en áreas de recarga acuífera, con lo que se apropian del agua potable de buena parte de las comunidades aledañas.

            Ante esto, cabe preguntar: ¿qué valores defendemos en nuestro hábitat? Parece que aquí están en disputa dos polos opuestos, dos maneras de ver el mundo y de vivir en él. Una es el valor de lo público, la vida comunitaria, la solidaridad, el abrirse al otro y al mundo. Y la otra es el valor de lo privado, el individuo, bienestar personal, la acumulación, un sentimiento de seguridad, el anonimato. No es difícil darse cuenta de que, hoy por hoy, en El Salvador, en todo sentido (uso de espacio, transporte, educación, salud, etc.), lo privado es más preciado que lo público, a pesar de que es lo público, lo propiamente social e interactivo, lo que sostiene la sociedad en su conjunto. De esto nos hablan también los muros, portones, y alambres de púas entre cada vez más casas, pasajes, colonias, en fin, entre personas. Si bien estas son divisiones físicas, construidas, se traducen también en divisiones culturales e internas, en el espíritu.

En lo personal, esto me interpela y me pregunto: Según mi modo de vivir y de moverme en la ciudad, ¿a quiénes incluyo y a quiénes excluyo y por qué? En escala de ciudad nos tenemos que preguntar: ¿a qué grupos sociales estamos incluyendo y a cuáles excluimos y con qué derecho hacemos esto? Incluso, si queremos seguir hablando en términos de desarrollo, progreso y civilización, ¿qué nos parece más avanzado, más sofisticado: la inclusión social, la participación democrática y el cumplimiento de los derechos humanos o la ley del más fuerte?… Pienso en los niños, las niñas, los ancianos sin pensión, las personas con discapacidad que no se pueden mover solas, las mujeres y hombres transexuales sin poder conseguir trabajo por cómo se proyectan… ¿realmente puedo vivir bien cuando a todos ellos los excluye la ley del más vergón?

Me pregunto todo esto y sueño con que el espacio público llegue a ser una plataforma donde podamos desaprender y aprender otra forma de ser sociedad.

El clima, la cultura y la disposición del espacio

¿Puede el clima influenciar en la disposición de los espacios de un hábitat y en la cultura de quienes ahí viven? Recuerdo que, cuando estudiaba en Alemania, me sorprendía mucho la manera en cómo estaban construidas las casas y la manera de habitarlas de los alemanes. Las casas en el centro de Europa suelen ser herméticamente cerradas, impermeables para cualquier tipo de ruido del exterior y, más importante aún, para el frío que se vive durante gran parte del año en esas latitudes. En esa casa vive un niño con sus padres, quienes le han asignado su propia habitación, con su cama, su área de juegos, a veces, incluso su propio baño, todo, de igual manera, con puertas que se cierran para no permitir el ingreso del aire helado y la fuga del calor producido por la calefacción central. Ese niño, sin darse cuenta jamás, crece valorando la independencia y la privacidad de su espacio personal y eso, sorpresivamente, rodeado por un espacio público mucho más abierto e inclusivo comparado con el nuestro.

El Salvador, en cambio, es un país tropical con temperaturas encima de los veinte grados centígrados anual. Una casa típica está hecha por materiales más permeables y tiene aperturas que permiten la entrada de la luz del sol y la brisa necesaria para aliviar el calor. Más que las paredes, lo importante es un techo que proteja el interior de la lluvia y del fogoso sol. Con el calor y el aire entran también los ruidos de la ciudad, los sonidos de la jungla construida. Ventanas y puertas suelen estar abiertas, pues lo que interesa es la ventilación. Algo que también noté al regresar a El Salvador es que hay muchos más niños. Aquí es común crecer entre hermanos y primos, compartir un solo espacio, dormitorio, hasta cama, juguetes.

¿Qué nos dice esto sobre nuestra cultura, nuestra forma relacionarnos, nuestros valores? ¿Y qué nos dice sobre el tipo de ciudad que iría acorde con esto?

La ciudad y la religión

El sur de la Europa occidental, ese sur mediterráneo, parte del ex imperio romano, ha sido durante muchos siglos un territorio profundamente católico, caracterizado por una amplia gama de expresiones de religiosidad popular, de tradiciones y costumbres que se basan en la creencia en un Dios que ampara y gobierna providentemente sobre el curso de la historia. Encontramos en esa zona con frecuencia ciudades medievales, calles con tramas y circuitos orgánicos, formas naturales y anchos diferentes que, a través de sus trayectos, dan espacio para la imaginación, la supervivencia y esperanza de encontrar sustento, antes de planificar un futuro en orden.

A medida caminamos hacia el norte de Europa, llegamos a territorios cuyos habitantes hace cinco siglos se convirtieron al protestantismo. La cultura protestante se caracteriza por su sobriedad, el pensamiento liberal e ilustrado, la orientación hacia el individuo y la prosperidad económica. Encontramos ahí ciudades con trazas urbanas ortogonales, líneas rectas, ordenadas. Efectivamente, una mayor regulación y normas claras respecto al ordenamiento territorial se vuelven esenciales para hacer uso más eficiente del recurso suelo. Quieta, observo coherencia con la fe en un Dios que manda a ese pueblo a ser diligente y ordenado para prosperar en su futuro, y pienso en el otro Dios, en el del pueblo del sur que espera que sea su divinidad quién la proveerá.

¿El ser humano o la máquina?

Un modelo utilizado por Naciones Unidas para visualizar la jerarquía en una ciudad inclusiva es el triángulo invertido de la movilidad. En el ancho superior están ubicados los seres humanos, las personas de a pie, los peatones, los ancianos, las personas con discapacidad y los niños como los principales sujetos en las urbes. El triángulo desciende pasando de peatones a ciclistas, luego a individuos utilizando el transporte público, les sigue el transporte de carga y, finalmente, al fondo del triángulo, en la punta, se ubica un vehículo particular. El mensaje es claro. La movilidad y la organización del espacio público en una ciudad deben orientarse a las necesidades de los miembros más vulnerables de la sociedad que son, a la vez, los portadores más explícitos de los derechos humanos y ciudadanos. El tráfico vehicular, y en especial el carro particular, en cambio, debería ser el último en exigir privilegios y espacios para movilizarse.

No hace falta mayor análisis para afirmar que en el Área Metropolitana de San Salvador, lejos de cumplir con el modelo del triángulo invertido lo que se impone como jerarquía en la movilidad urbana es una pirámide. En la cima se ubica el automóvil, lo cual, además, claramente representa el privilegio de los hombres, quienes con más frecuencia se movilizan en carro, respecto a las mujeres, así como de los estratos socioeconómicos más altos respecto a los más pobres, pues mantener un carro requiere de recursos económicos. En la base del orden piramidal aparecen los peatones, con todas sus cualidades y limitantes: personas con discapacidad, niños, ancianos, mujeres embarazadas, personas dependientes. Esta priorización de sujetos usuarios de la ciudad se traduce en las formas físicas y construidas de la ciudad, concretamente, en calles anchas para los autos y limitado o inexistente espacio para los peatones, como aceras, parques de bolsillos, arriates o bancas son sombra de árbol.

Pensadores de la ciudad, como la activista neoyorkina Jane Jacobs o el danés Jan Gehl, nos aportan para reflexionar que una de las maneras más fáciles de medir la salud de una democracia en una sociedad es por el tamaño y la calidad de sus aceras. Al comparar el área que abarcan las aceras de la ciudad con el área de calles para automóviles nos podemos preguntar: ¿Quién tiene más derecho a la ciudad, el vehículo en su calle de tres carriles, o la mujer que lleva a sus niños a la escuela caminando por la cuneta de aguas lluvias a falta de una acera?

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Pirámide de movilidad. Naciones Unidas.

¿Qué hacemos?

Estoy convencida de que cada trinchera es importante para hacer un cambio, las pequeñas organizaciones de vecinos en las colonias y barrios, los movimientos sociales u organizaciones políticas que buscan incidir en la creación de políticas públicas. Sin embargo, nos enfrentamos cada vez más con políticos, como es el caso del actual presidente de los EE.UU., o actores sociales que se cierran ante la inclusión y la diversidad. En vez de promover el cumplimiento de los derechos al hábitat, buscan mantener el status quo con tal de perpetuar sus privilegios.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Me gustaría cerrar con una idea de Simone Weil, una filósofa judía quien vivía en Francia poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Ella fue una flamante crítica de la crisis por la cual pasaba Europa en los años veinte del siglo pasado y donde ya no importaba el ser humano, sino solamente producir. Ella se preguntaba: ¿Cómo humanizar a las personas que están cada vez más deshumanizadas dentro de su ciudad y territorio? Su respuesta fue muy sencilla. Se debía comenzar «poniendo atención», decía. Y agregó: atención como un niño pequeño que pone todos sus ojos en vos y está queriendo aprender. Atención a la otra persona, atención a nuestro alrededor, a los espacios en los que nos movemos y en la manera de cómo nos relacionamos con los demás. Ana Falú, una arquitecta, urbanista y feminista argentina nos llama, al igual que Simone Weil, a poner atención a los otros y tratar de quitarnos ese velo que nos dice: «Esta es la ciudad normal, la única y mejor ciudad posible». Cuando, en realidad, otra ciudad es posible.

No es ciudad para Rue del Percebe

El frutero tramposo, la portera chambrosa, el veterinario sui géneris, la tacaña dueña de la pensión, la anciana animalista, el pintor insolvente, la sufrida madre de dos traviesos… todos conviven en la calle número 13 del Percebe, y también, en el imaginario de miles de españoles que crecieron leyendo las divertidas viñetas del genial Francisco Ibáñez. El lector de este tebeo se erigía como un gran hermano orwelliano, con acceso a todas las intimidades que se sucedían en los 5 niveles que componían este rocambolesco edificio. Para bien o para mal, a lo largo de los años todos los personajes interactuaban y se conocían a la perfección. 

Soy vecino de San Salvador desde hace tres años, he vivido en tres edificios y salvo raras ocasiones, prácticamente no he tenido contacto con mis vecinos más allá de cordiales saludos de ascensor y/o escalera. En todos los casos, en lugar de recibirme una portera chismosa, me abrían el portón hombres enfundados en uniformes de seguridad con su revolver en la cintura. De la planta baja, donde podría ser engañado por un frutero locuaz, mejor ni hablamos porque no existen. En su lugar, muros de hormigón y portones, muchos portones donde solo entran vehículos. Con ese tipo de entrada, el chisme se evapora. Pobre portera. 

Sé que el vivir la vecindad es común para muchos salvadoreños, sobre todo en los pueblos, pero acá en San Salvador, y sobre todo para quienes residimos en condominios, está yuca. Me pongo a imaginar, y creo que no voy muy desencaminado si miles de vecinos de San Salvador solo se cruzan con sus vecinos en el ascensor. Seguramente se encuentren más veces sin saberlo, pero siempre metidos en sus vehículos con sus respectivos cristales opacados para que nadie les vea. Con este panorama, a Francisco Ibáñez jamás se le habrían ocurrido las historietas de 13, Rue del Percebe. 

Y es que San Salvador está diseñada para separar a las personas. Desde las colonias que levantan de la noche a la mañana una verja en mitad de la calle, convirtiendo en acceso privado lo que antes era una calle pública, a las urbanizaciones amuralladas o las casas fortificadas con alambres y hormigón, San Salvador es una ciudad en la que apenas te puedes encontrar con tus vecinos. 

Me paro a pensar en el vecindario donde crecí y me vienen a la cabeza la vecina del 4º sacando de paseo a su perrita por el parque más cercano, o Manolo, el frutero de la esquina que todas las semanas me regalaba a mí o a mis hermanos alguna fruta de temporada. También pienso en los alumnos del instituto frente a casa de mis padres, con quienes coincidía a la salida del colegio. 

Ahora trato de imaginar lo mismo pero en San Salvador y lo único que se me aparecen son imágenes del Centro Histórico. Y es lógico, porque aunque no conozca a nadie que viva allá, es la única parte de la ciudad donde suelo encontrarme con amigos y conocidos caminando por la calle, o yendo al mismo bar. Ninguno, ni mis amigos y/o conocidos ni yo, somos realmente vecinos del Centro Histórico, sin embargo, es en esta parte de la ciudad donde podemos coincidir en la calle. 

Es curioso, cuando no indignante, pensar que la única área pública de San Salvador pensada para pasear, con plazas y calles peatonales, sea el Centro Histórico. Pareciera que la modernidad o el progreso, como se quiera llamar, está en discordia con pasear por la calle, con espacios públicos amplios donde sentarse y encontrarse con amigos y/o familiares. Pero no es cierto, a todos, los de antes y los de ahora, nos gusta caminar y quedar con amigos en la ciudad. Lo que ocurre, es que ahora cuando en San Salvador hablamos de plaza, esta lleva siempre el apellido ‘comercial’. 

La función pública de generar espacios de encuentro entre los vecinos, lugares seguros donde descansar y disfrutar de la ciudad han sido relegados al sector privado. Si no, pensemos en los lugares donde en San Salvador se junta mayor número de personas para pasar el domingo, nos salen siempre los centros y plazas comerciales. Como alternativa, contamos con el mencionado Centro Histórico, el parque Bicentenario, y ahora, el recientemente reformado parque Cuscatlán. Pero no dejan de ser islotes en un mar de carros, hormigón recalentado y más carros sobre las maltrechas aceras. 

Es precisamente la reivindicación de los espacios públicos uno de los puntales del proyecto Experimenta Ciudad. Por ese motivo empezamos en el Centro Histórico como espacio de intervención, porque simboliza la riqueza que los espacios públicos pensados para la ciudadanía tienen para la sociedad. Con este proyecto se pretende generar espacios de confianza entre vecinos y vecinas donde el diálogo y la reflexión compartida den como resultado proyectos ideados en comunidad para la comunidad. 

Es momento de pensar como vecinos, de vernos las caras e imaginar una ciudad amigable en la que la portera pueda chambrear con el vecindario, donde los niños puedan jugar libremente en las plazas y calles, o donde tras un largo día de trabajo, cada quien tenga como opción agradable bajar a dar un paseo por su ciudad. Es momento de experimentar nuestra ciudad.