PROGRAMA DE LABORATORIOS CIUDADANOS PARA EXPERIMENTAR,
EXPLORAR Y CREAR COMUNIDAD EN CIUDADES DE AMÉRICA LATINA

#EXPERIMENTACIUDAD

No es ciudad para Rue del Percebe

El frutero tramposo, la portera chambrosa, el veterinario sui géneris, la tacaña dueña de la pensión, la anciana animalista, el pintor insolvente, la sufrida madre de dos traviesos… todos conviven en la calle número 13 del Percebe, y también, en el imaginario de miles de españoles que crecieron leyendo las divertidas viñetas del genial Francisco Ibáñez. El lector de este tebeo se erigía como un gran hermano orwelliano, con acceso a todas las intimidades que se sucedían en los 5 niveles que componían este rocambolesco edificio. Para bien o para mal, a lo largo de los años todos los personajes interactuaban y se conocían a la perfección. 

Soy vecino de San Salvador desde hace tres años, he vivido en tres edificios y salvo raras ocasiones, prácticamente no he tenido contacto con mis vecinos más allá de cordiales saludos de ascensor y/o escalera. En todos los casos, en lugar de recibirme una portera chismosa, me abrían el portón hombres enfundados en uniformes de seguridad con su revolver en la cintura. De la planta baja, donde podría ser engañado por un frutero locuaz, mejor ni hablamos porque no existen. En su lugar, muros de hormigón y portones, muchos portones donde solo entran vehículos. Con ese tipo de entrada, el chisme se evapora. Pobre portera. 

Sé que el vivir la vecindad es común para muchos salvadoreños, sobre todo en los pueblos, pero acá en San Salvador, y sobre todo para quienes residimos en condominios, está yuca. Me pongo a imaginar, y creo que no voy muy desencaminado si miles de vecinos de San Salvador solo se cruzan con sus vecinos en el ascensor. Seguramente se encuentren más veces sin saberlo, pero siempre metidos en sus vehículos con sus respectivos cristales opacados para que nadie les vea. Con este panorama, a Francisco Ibáñez jamás se le habrían ocurrido las historietas de 13, Rue del Percebe. 

Y es que San Salvador está diseñada para separar a las personas. Desde las colonias que levantan de la noche a la mañana una verja en mitad de la calle, convirtiendo en acceso privado lo que antes era una calle pública, a las urbanizaciones amuralladas o las casas fortificadas con alambres y hormigón, San Salvador es una ciudad en la que apenas te puedes encontrar con tus vecinos. 

Me paro a pensar en el vecindario donde crecí y me vienen a la cabeza la vecina del 4º sacando de paseo a su perrita por el parque más cercano, o Manolo, el frutero de la esquina que todas las semanas me regalaba a mí o a mis hermanos alguna fruta de temporada. También pienso en los alumnos del instituto frente a casa de mis padres, con quienes coincidía a la salida del colegio. 

Ahora trato de imaginar lo mismo pero en San Salvador y lo único que se me aparecen son imágenes del Centro Histórico. Y es lógico, porque aunque no conozca a nadie que viva allá, es la única parte de la ciudad donde suelo encontrarme con amigos y conocidos caminando por la calle, o yendo al mismo bar. Ninguno, ni mis amigos y/o conocidos ni yo, somos realmente vecinos del Centro Histórico, sin embargo, es en esta parte de la ciudad donde podemos coincidir en la calle. 

Es curioso, cuando no indignante, pensar que la única área pública de San Salvador pensada para pasear, con plazas y calles peatonales, sea el Centro Histórico. Pareciera que la modernidad o el progreso, como se quiera llamar, está en discordia con pasear por la calle, con espacios públicos amplios donde sentarse y encontrarse con amigos y/o familiares. Pero no es cierto, a todos, los de antes y los de ahora, nos gusta caminar y quedar con amigos en la ciudad. Lo que ocurre, es que ahora cuando en San Salvador hablamos de plaza, esta lleva siempre el apellido ‘comercial’. 

La función pública de generar espacios de encuentro entre los vecinos, lugares seguros donde descansar y disfrutar de la ciudad han sido relegados al sector privado. Si no, pensemos en los lugares donde en San Salvador se junta mayor número de personas para pasar el domingo, nos salen siempre los centros y plazas comerciales. Como alternativa, contamos con el mencionado Centro Histórico, el parque Bicentenario, y ahora, el recientemente reformado parque Cuscatlán. Pero no dejan de ser islotes en un mar de carros, hormigón recalentado y más carros sobre las maltrechas aceras. 

Es precisamente la reivindicación de los espacios públicos uno de los puntales del proyecto Experimenta Ciudad. Por ese motivo empezamos en el Centro Histórico como espacio de intervención, porque simboliza la riqueza que los espacios públicos pensados para la ciudadanía tienen para la sociedad. Con este proyecto se pretende generar espacios de confianza entre vecinos y vecinas donde el diálogo y la reflexión compartida den como resultado proyectos ideados en comunidad para la comunidad. 

Es momento de pensar como vecinos, de vernos las caras e imaginar una ciudad amigable en la que la portera pueda chambrear con el vecindario, donde los niños puedan jugar libremente en las plazas y calles, o donde tras un largo día de trabajo, cada quien tenga como opción agradable bajar a dar un paseo por su ciudad. Es momento de experimentar nuestra ciudad. 

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