PROGRAMA DE LABORATORIOS CIUDADANOS PARA EXPERIMENTAR,
EXPLORAR Y CREAR COMUNIDAD EN CIUDADES DE AMÉRICA LATINA

#EXPERIMENTACIUDAD

Al final todos somos uno

La interseccionalidad es esencialmente una praxis. No es una enunciación teórica.

Leila Benhadjoudja

Ciudad colonizada y colonizadora

Reconozco que los arquitectos e ingenieros por lo general creemos que somos los únicos quienes construimos y hacemos la ciudad. Solemos pensar que la ciudad solo es el espacio construido, lo físico, lo tangible, los edificios, las calles. Nos cuesta ver que la ciudad es un ecosistema, un organismo vivo, es nuestro hábitat, constituido por la infraestructura sí, pero también por las personas que la habitamos, nuestra historia, la manera de relacionarnos y organizarnos, nuestra forma de pensar, nuestra cultura; y también por la naturaleza que nos rodea, las condiciones geográficas y climáticas.

Aunque El Salvador oficialmente, dejó de ser colonia hace casi 200 años, la colonia persiste en nuestras mentes y en nuestra cultura. A pesar de que oficialmente, somos un país independiente, seguimos viendo hacia el norte con admiración, anhelar más lo norteamericano y lo europeo que lo propio, lo nuestro.

Creemos por ejemplo que existe un solo desarrollo que es lineal, que es modernidad, progreso, hacia adelante, frente al subdesarrollo (económico) que caracteriza las sociedades del sur global y del que hay que salir. Para lograr esto nos enfocamos en el crecimiento económico, en la mayor libertad y autonomía del individuo, la dominación de la naturaleza. Progreso, esto es carreteras de cuatro carriles, pasos a desnivel, edificios de vidrio, residenciales de lujo. Cada propuesta alternativa rápidamente es desechada como un retroceso, un paso para atrás.

Esta, en realidad, es una mentalidad bastante occidental y neocolonial. Al ser, nuestra ciudad, solo pensada desde y para algunos pocos, esta ciudad colonizada, a la vez, se vuelve colonizadora, porque marginaliza, discrimina y excluye a la gran mayoría de sus habitantes.

¿Por qué la mayoría no nos preguntamos qué ciudad nos conviene a todos? ¿Qué ciudad corresponde a nuestras necesidades y aspiraciones, a nuestra forma de vivir, a nuestra historia y cultura? ¿Qué ciudad realmente queremos para nosotros, para nuestros seres queridos?

La buena noticia es que ya hay grupos y corrientes de pensamiento que se están haciendo estas preguntas. Desde el feminismo, por ejemplo, el Colectivo Miradas Críticas del Territorio habla de la importancia de las plurivisiones del mundo y su vida. El reto de coexistencia es grande y hay que dar respuestas a esto desde la diversidad.  Cuestionando la famosa metáfora del pastel que como sociedad nos toca repartir entre todos, la antropóloga argentina Rita Segato argumenta que, quizás, no todos quieren comer de ese mismo pastel de los recursos para su desarrollo. Más que dividir ese pastel en partes iguales, deberíamos tratar de entender que otros no ven de la misma manera ese pastel, reconocer que existen otros que buscan otra forma de vida o, incluso, tengan objetivos que poco o nada tengan que ver con el usufructo de los recursos de su medio.

Quiero compartir aquí algunos pensamientos y experiencias propias sobre esas intersecciones que existen, pero a veces nos parecen ocultas, entre el hábitat, la ciudad construida, el medio ambiente y la cultura y preguntar cómo sería una ciudad inclusiva y sostenible.

Espacio público y espacio privado en disputa

En El Salvador estamos acostumbrados a subordinarnos al carro, a tolerar el tráfico vehicular aplastante, el aire negro y contaminado, la ciudad manejada, colonizada y violentada por ese vehículo automotor. Pensemos en quién posee realmente la mayor área en estos espacios públicos. Al parecer el espacio público urbano: las calles, las aceras y hasta las pequeñas áreas verdes que quedan, está usurpado, en gran medida, por lo privado, por esas cápsulas cerradas sobre cuatro ruedas que representan un espacio privado, y mientras más lujoso, más imponente, entre más grande y matón, parece que tiene más derecho sobre el otro.

Pienso en experiencias con familiares cercanos, vecinos y amigos colocando macetas y barriles en el espacio público frente a su casa, reservando un pedazo de acera, arriate o calle para colocar su auto privado. Y luego están a quienes les interesa privatizar un espacio público para su propio lucro, empezando por poner un negocio, ya sea formal o informal, en una acera, hasta llegar a los grandes empresarios que ubican sus plantas de producción en áreas de recarga acuífera, con lo que se apropian del agua potable de buena parte de las comunidades aledañas.

            Ante esto, cabe preguntar: ¿qué valores defendemos en nuestro hábitat? Parece que aquí están en disputa dos polos opuestos, dos maneras de ver el mundo y de vivir en él. Una es el valor de lo público, la vida comunitaria, la solidaridad, el abrirse al otro y al mundo. Y la otra es el valor de lo privado, el individuo, bienestar personal, la acumulación, un sentimiento de seguridad, el anonimato. No es difícil darse cuenta de que, hoy por hoy, en El Salvador, en todo sentido (uso de espacio, transporte, educación, salud, etc.), lo privado es más preciado que lo público, a pesar de que es lo público, lo propiamente social e interactivo, lo que sostiene la sociedad en su conjunto. De esto nos hablan también los muros, portones, y alambres de púas entre cada vez más casas, pasajes, colonias, en fin, entre personas. Si bien estas son divisiones físicas, construidas, se traducen también en divisiones culturales e internas, en el espíritu.

En lo personal, esto me interpela y me pregunto: Según mi modo de vivir y de moverme en la ciudad, ¿a quiénes incluyo y a quiénes excluyo y por qué? En escala de ciudad nos tenemos que preguntar: ¿a qué grupos sociales estamos incluyendo y a cuáles excluimos y con qué derecho hacemos esto? Incluso, si queremos seguir hablando en términos de desarrollo, progreso y civilización, ¿qué nos parece más avanzado, más sofisticado: la inclusión social, la participación democrática y el cumplimiento de los derechos humanos o la ley del más fuerte?… Pienso en los niños, las niñas, los ancianos sin pensión, las personas con discapacidad que no se pueden mover solas, las mujeres y hombres transexuales sin poder conseguir trabajo por cómo se proyectan… ¿realmente puedo vivir bien cuando a todos ellos los excluye la ley del más vergón?

Me pregunto todo esto y sueño con que el espacio público llegue a ser una plataforma donde podamos desaprender y aprender otra forma de ser sociedad.

El clima, la cultura y la disposición del espacio

¿Puede el clima influenciar en la disposición de los espacios de un hábitat y en la cultura de quienes ahí viven? Recuerdo que, cuando estudiaba en Alemania, me sorprendía mucho la manera en cómo estaban construidas las casas y la manera de habitarlas de los alemanes. Las casas en el centro de Europa suelen ser herméticamente cerradas, impermeables para cualquier tipo de ruido del exterior y, más importante aún, para el frío que se vive durante gran parte del año en esas latitudes. En esa casa vive un niño con sus padres, quienes le han asignado su propia habitación, con su cama, su área de juegos, a veces, incluso su propio baño, todo, de igual manera, con puertas que se cierran para no permitir el ingreso del aire helado y la fuga del calor producido por la calefacción central. Ese niño, sin darse cuenta jamás, crece valorando la independencia y la privacidad de su espacio personal y eso, sorpresivamente, rodeado por un espacio público mucho más abierto e inclusivo comparado con el nuestro.

El Salvador, en cambio, es un país tropical con temperaturas encima de los veinte grados centígrados anual. Una casa típica está hecha por materiales más permeables y tiene aperturas que permiten la entrada de la luz del sol y la brisa necesaria para aliviar el calor. Más que las paredes, lo importante es un techo que proteja el interior de la lluvia y del fogoso sol. Con el calor y el aire entran también los ruidos de la ciudad, los sonidos de la jungla construida. Ventanas y puertas suelen estar abiertas, pues lo que interesa es la ventilación. Algo que también noté al regresar a El Salvador es que hay muchos más niños. Aquí es común crecer entre hermanos y primos, compartir un solo espacio, dormitorio, hasta cama, juguetes.

¿Qué nos dice esto sobre nuestra cultura, nuestra forma relacionarnos, nuestros valores? ¿Y qué nos dice sobre el tipo de ciudad que iría acorde con esto?

La ciudad y la religión

El sur de la Europa occidental, ese sur mediterráneo, parte del ex imperio romano, ha sido durante muchos siglos un territorio profundamente católico, caracterizado por una amplia gama de expresiones de religiosidad popular, de tradiciones y costumbres que se basan en la creencia en un Dios que ampara y gobierna providentemente sobre el curso de la historia. Encontramos en esa zona con frecuencia ciudades medievales, calles con tramas y circuitos orgánicos, formas naturales y anchos diferentes que, a través de sus trayectos, dan espacio para la imaginación, la supervivencia y esperanza de encontrar sustento, antes de planificar un futuro en orden.

A medida caminamos hacia el norte de Europa, llegamos a territorios cuyos habitantes hace cinco siglos se convirtieron al protestantismo. La cultura protestante se caracteriza por su sobriedad, el pensamiento liberal e ilustrado, la orientación hacia el individuo y la prosperidad económica. Encontramos ahí ciudades con trazas urbanas ortogonales, líneas rectas, ordenadas. Efectivamente, una mayor regulación y normas claras respecto al ordenamiento territorial se vuelven esenciales para hacer uso más eficiente del recurso suelo. Quieta, observo coherencia con la fe en un Dios que manda a ese pueblo a ser diligente y ordenado para prosperar en su futuro, y pienso en el otro Dios, en el del pueblo del sur que espera que sea su divinidad quién la proveerá.

¿El ser humano o la máquina?

Un modelo utilizado por Naciones Unidas para visualizar la jerarquía en una ciudad inclusiva es el triángulo invertido de la movilidad. En el ancho superior están ubicados los seres humanos, las personas de a pie, los peatones, los ancianos, las personas con discapacidad y los niños como los principales sujetos en las urbes. El triángulo desciende pasando de peatones a ciclistas, luego a individuos utilizando el transporte público, les sigue el transporte de carga y, finalmente, al fondo del triángulo, en la punta, se ubica un vehículo particular. El mensaje es claro. La movilidad y la organización del espacio público en una ciudad deben orientarse a las necesidades de los miembros más vulnerables de la sociedad que son, a la vez, los portadores más explícitos de los derechos humanos y ciudadanos. El tráfico vehicular, y en especial el carro particular, en cambio, debería ser el último en exigir privilegios y espacios para movilizarse.

No hace falta mayor análisis para afirmar que en el Área Metropolitana de San Salvador, lejos de cumplir con el modelo del triángulo invertido lo que se impone como jerarquía en la movilidad urbana es una pirámide. En la cima se ubica el automóvil, lo cual, además, claramente representa el privilegio de los hombres, quienes con más frecuencia se movilizan en carro, respecto a las mujeres, así como de los estratos socioeconómicos más altos respecto a los más pobres, pues mantener un carro requiere de recursos económicos. En la base del orden piramidal aparecen los peatones, con todas sus cualidades y limitantes: personas con discapacidad, niños, ancianos, mujeres embarazadas, personas dependientes. Esta priorización de sujetos usuarios de la ciudad se traduce en las formas físicas y construidas de la ciudad, concretamente, en calles anchas para los autos y limitado o inexistente espacio para los peatones, como aceras, parques de bolsillos, arriates o bancas son sombra de árbol.

Pensadores de la ciudad, como la activista neoyorkina Jane Jacobs o el danés Jan Gehl, nos aportan para reflexionar que una de las maneras más fáciles de medir la salud de una democracia en una sociedad es por el tamaño y la calidad de sus aceras. Al comparar el área que abarcan las aceras de la ciudad con el área de calles para automóviles nos podemos preguntar: ¿Quién tiene más derecho a la ciudad, el vehículo en su calle de tres carriles, o la mujer que lleva a sus niños a la escuela caminando por la cuneta de aguas lluvias a falta de una acera?

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Pirámide de movilidad. Naciones Unidas.

¿Qué hacemos?

Estoy convencida de que cada trinchera es importante para hacer un cambio, las pequeñas organizaciones de vecinos en las colonias y barrios, los movimientos sociales u organizaciones políticas que buscan incidir en la creación de políticas públicas. Sin embargo, nos enfrentamos cada vez más con políticos, como es el caso del actual presidente de los EE.UU., o actores sociales que se cierran ante la inclusión y la diversidad. En vez de promover el cumplimiento de los derechos al hábitat, buscan mantener el status quo con tal de perpetuar sus privilegios.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Me gustaría cerrar con una idea de Simone Weil, una filósofa judía quien vivía en Francia poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Ella fue una flamante crítica de la crisis por la cual pasaba Europa en los años veinte del siglo pasado y donde ya no importaba el ser humano, sino solamente producir. Ella se preguntaba: ¿Cómo humanizar a las personas que están cada vez más deshumanizadas dentro de su ciudad y territorio? Su respuesta fue muy sencilla. Se debía comenzar «poniendo atención», decía. Y agregó: atención como un niño pequeño que pone todos sus ojos en vos y está queriendo aprender. Atención a la otra persona, atención a nuestro alrededor, a los espacios en los que nos movemos y en la manera de cómo nos relacionamos con los demás. Ana Falú, una arquitecta, urbanista y feminista argentina nos llama, al igual que Simone Weil, a poner atención a los otros y tratar de quitarnos ese velo que nos dice: «Esta es la ciudad normal, la única y mejor ciudad posible». Cuando, en realidad, otra ciudad es posible.

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